
Alberto no era mucho de agradecer presentes, pero en esa ocasión sí que cambió de opinión:
"(Espera... Suena una armónica...) He nacido para no recibir presentes. No los merezco y no se agradecerlos, no se mirar con ilusión ni sentir satisfacción al recibirlos, simplemente no he nacido para recibir ni merecer presentes.
Desde niño he sido increíblemente aburrido. Las fiestas de cumpleaños que me organizaron y que puedo contar con una mano sin dos dedos, eran todas un desastre. Odiaba pararme detrás de la torta, odiaba tener invitados que no conocía y lo peor, odiaba los regalos porque ninguno era el que quería. La verdadera fiesta empezaba cuando llegaban mis amigos de barrio y nos encerrábamos en mi cuarto, jugábamos a golpearnos simulando ser luchadores o hablar de marcas de camisetas de fútbol de equipos en el mundo.
(...sigo oyendo esa armónica) Mi madre perdió la ilusión en mí, la ilusión de verme recibir con verdadero esmero a "mis amigos" en mis fiestas. A la larga solo se tratarían de vecinos o hijos de sus amigas y amigos. Una madre conoce a su hijo y ella sabía que era un caso perdido. Es por ello que hasta hoy, con 30 años, recuerdo con emoción y con tembladera de dedos aquel regalo que SÍ quería y mi madre me compró: un juego de vídeo. Era de carritos de carreras portable. ¡¡Qué boten la torta!! ¡¡No quiero soplar velas!! ¡¡Quiero encerrarme en mi cuarto a jugar hasta que se me sequen los ojos!!.
(... Esa armónica sigue sonando y se siente bien) Luego de la infancia, creí que todo mejoraría... ¡Pues NO!, El más grande desaliento que pude mostrar a mis forzados invitados, se dio en mi cumpleaños número 18, oportunidad que no desaproveche para embriagarme ya con el DNI (casi) en la mano.
Eran las 4 pm del día central y estaba tambaleando de borracho, mi madre y padre tenían preparado algo para mí, aunque intuyo que ellos sabían que si era para mí, algún desastre pasaría. Mi madre, muy a la antigua, quería bailar un vals conmigo, yo quería por lo menos ¡Poder estar en pie! Muchos invitados llegaron y con ellos un tío mío, que "me regaló" a un tipo que tocaba el órgano, por lo menos en mi fiesta, había lo más cercano a un concierto.
Creo que las formas de comportamiento de un borracho con casi DNI en mano, son predecibles: vómito, inestabilidad física y más vómito. La fiesta acabó a las 10 de la noche, como en los noventas en un toque de queda. Los primos despiadados lograron que probara uno de mis regalos, un agua de colonia que no sabía tan rico como se podía oler y para variar, no me molesté en revisar los demás regalos. ¿Porqué? (como una conspiración o castigo) era nada de lo que yo necesitaba.
(...esta bella armónica es un presente que se ajusto perfectamente a un requerimiento de mi alma y corazón) Desde ahí (o siempre) no he sido invitado a ningún intercambio de regalos, y ni pensar en una torta en el trabajo. En más de una oportunidad deje mi cuenta de ahorros a la vista, pero nadie hacia una sola donación.
Pero uno crece, y las necesidades cambian, rebusco en el cajón de presentes y encuentro entre otras cosas: un walkman, un gameboy, un cuchillo con katana decorativo, un porta foto de snoopy con reloj incluido y (este sonido de armónica...) Sí, una canción.
Desde un tiempo atrás (los treintas te cambia en muchas formas) acepto todo como si fuera lo último en recibir. Y es hasta ahora que me dejaron escuchar esta canción que (y espero no exagerar) decidí recogerla junto a su sonido de armónica y hacerlo "mi presente" porque me lo dejaron como regalo. Ya no necesito presentes tangibles, podrían ser cualquier cosa que pueda llevar, una palabra o una emoción. And don't be alarmed if I fall head over feet. (De emoción)."
03/15
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